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Carlos Ledesma Lara
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Apuntes sobre la formación en «salud mental»

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Mas donde acecha el peligro,
allí germina lo que salva.

Friedrich Hólderlin, «Patmos».

Ante la pandemia de noticias sobre «trastornos mentales» (TDAH, TEA, TOC, trastorno bipolar…) con la que los medios de información, las instituciones públicas y privadas, apabullan a la sociedad, cabe preguntarse, por un lado qué se entiende por «salud y enfermedad mental», y por otro, a qué se debe tal incremento de datos y estadísticas alarmantes?

Aquí nos detendremos, en la cuestión de la formación de los profesiones sanitarias en la espacialidades de lo «psíquico», que implica a la psiquiatría, rama de la medicina y la psicología.

El campo de la «salud mental»

El campo de la (mal) llamada «salud mental»,[1] no escapa a una problemática que afecta a otras disciplinas, como por ejemplo las ciencias económicas. En un encuentro reciente en el Ateneo de Madrid,[2] en la presentación de un libro de economía, el autor afirmó algo evidente, pero relevante. Mencionó la escasa importancia que se da a los pensadores clásicos en los programas académicos y universitarios, en su caso, de las ciencias económicas.

Por lo general, estos programas establecen la lectura obligatoria de manuales de cada asignatura elaborados por los propios docentes y académicos que las imparten, que se presentan con nuevas ediciones cada curso y año lectivo, lo que obliga a los estudiantes a adquirirlos. Además, el manual de referencia obligatoria suele ser un compendio de párrafos y citas, y no es habitual que se invite y estimule a los estudiantes a leer directamente los textos de los autores clásicos.

En el caso de la economía, en la citada presentación, el autor se refería a Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx, entre otros, y ponía de manifiesto el «menosprecio que los economistas de la corriente vigente experimentan por la historia de la economía, y que se extiende a las restantes ciencias sociales».[3]

Esta problemática también afecta a otros campos del pensamiento y, por tanto, a la formación en las especialidades sanitarias de salud mental, principalmente la psicología y la psiquiatría. A esto se suma la arbitraria perspectiva que supone la superación del pensamiento de los clásicos, es decir, de su pérdida de vigencia a causa de la supuesta evolución hacia nuevos e innovadores modelos teóricos, una postura que resulta, cuando menos, irreverente y grosera. Considerar que Marx, Nietzsche, Freud, etc., están superados es síntoma de una amnesia social y soberbia intelectual por parte de quienes sostienen dicha postura.

Es habitual, incluso en las facultades de Psicología, donde prevalece la enseñanza de modelos denominados cognitivos y comportamentales, no recurrir a la lectura de un autor clásico en el que se basan dichos modelos, como Iván P. Pavlov y su fundamental libro Los reflejos condicionados,[4] traducido al castellano hace años.

Resulta llamativo que, pese a que el propio científico ruso advirtió sobre la prudencia necesaria que debe tenerse para aproximarse al conocimiento científico de la más elevada actividad psíquica del ser humano mediante el uso de instrumentos de investigación neurofisiológica, esto no se tenga muy en cuenta por quienes enseñan las terapias comportamentales como tratamiento de primera elección en salud mental.

Citando al propio Pavlov:

Si los conocimientos obtenidos en los animales superiores relativos a las funciones del corazón, estómago y de los demás órganos, tan semejantes a los del hombre, sólo se deben aplicar a éste con precaución, confirmando constantemente la analogía efectiva de la actividad de dichos órganos entre los animales y el hombre, qué cuidado más intenso no será necesario desplegar para el traspaso al hombre de los conocimientos exactos científico-naturales de la más elevada actividad nerviosa, obtenidos por primera vez sobre los animales, desde el momento en que, precisamente por esta actividad, se destaca el hombre de modo tan sorprendente de los demás animales, se coloca a una altura tan inconmensurable sobre todo el mundo de los seres vivos que le rodean. Sería una gran ligereza considerar estos primeros pasos en el estudio de la fisiología de la corteza cerebral como capaces de resolver los problemas intrincados de la alta actividad psíquica del hombre, cuando de hecho, en el momento actual, no es posible aplicar, sin más ni más, los resultados obtenidos en los animales al hombre.[5]

Paradójicamente, pese a esta advertencia, la teoría de los reflejos de Pavlov fue divulgada como un simple reduccionismo fisiológico por sus propios seguidores —Voloshinov advirtió de la distorsión ideológica en la palabra, las formas y la realidad, y habló de refracción en lugar de reflejo[6]— en detrimento de la importancia que el premio Nobel ruso otorgó al lenguaje como característica específicamente humana:

(…) el lenguaje constituye nuestro segundo sistema de señalización de la realidad [el primero lo constituye el sistema sensorial que compartimos con los animales no humanos], que es específicamente humano y consiste en la señal de las señales primarias [sensoriales]. En parte, las múltiples excitaciones que recibimos a través del lenguaje nos han alejado de la realidad, lo que debemos recordar siempre para no permitir que se deformen nuestras relaciones con ella.[7]

El procedimiento de investigación de los procesos psíquicos que los pacientes manifiestan en hechos y valores de su vida cotidiana y en el espacio terapéutico, requiere un análisis a través del relato, ya sea oral o escrito. Por ello, es de indudable valor invitarles a expresar, y en la medida de sus posibilidades a escribir, sobre sus sentimientos y vivencias, evitando caer en la precipitación diagnóstica que predomina en las prácticas «psi» dominantes, tanto en el ámbito público como privado.

El texto que compone el relato del paciente es la materia prima esencial del trabajo terapéutico, algo que no tiene en cuenta la clínica psiquiátrica basada en la «evidencia», desafortunada traducción del término inglés «evidence»,[8] de una clínica basada en narrativas que desafían, en ocasiones, la precipitada semiología del acontecer psíquico.[9]

No es posible, desde la razón práctica (psiquiátrica), analizar un hecho concreto con independencia del contexto narrativo.[10] Partiendo de la premisa de que toda experiencia hermenéutica del «texto» y su interpretación lleva inexorablemente implícito un límite de sentido,[11] la narración del paciente requiere una interpretación en diálogo con él, en un contexto adecuado y, en el caso del marco analítico, en transferencia, ya que el sentido no se agota en el propio significado de las palabras.[12]

Teniendo siempre en cuenta la advertencia freudiana de que una interpretación (de un acto, un sueño, un síntoma, etc.) no se reduce a revelarle al sujeto en análisis, es decir, al paciente, un sentido oculto, sino que es un acto creativo que puede dar paso a la construcción, en su psiquismo, de algo que no existía y que puede otorgar un nuevo sentido y significación a una escena pasada, presente o futura —tanto real como imaginaria— que le afecta, construcción que el acto psicoterapéutico, y en su caso analítico, debe posibilitar.[13]–[14]

La medicina, en especial la psiquiatría, no es solo una ciencia natural, sino también es ciencia cultural, idiográfica y social.[15] Por tanto, la formación médica en las facultades de Medicina y de Psicología clínica debería contemplar el estudio de Humanidades y las Ciencias Sociales.[16]

Las ciencias exactas tienen bien definido y acotado su objeto de estudio e investigación. Sin embargo, en el caso de las prácticas dedicadas a la «salud mental», ¿cuál sería su objeto? Los manuales técnicos y académicos nos indican que este sería la «conducta» de los individuos y la normalización o estabilización de sus «desviaciones».

Las clasificaciones psiquiátricas

En dichos manuales se enumeran exhaustivas clasificaciones de los trastornos mentales, junto con las correspondientes técnicas de intervención psicoterapéutica, así como la indicación de los psicofármacos pertinentes para cada psicopatología. El uso de técnicas psicométricas y test, en ocasiones intrusivas, constituye un inmenso laboratorio de pruebas para las diferentes prácticas de las disciplinas «psi» dedicadas a la medición de aptitudes y capacidades individuales, que también utilizan las empresas y organizaciones para seleccionar a su personal.

El sufrimiento que pueda padecer un ser humano es difícilmente objetivable mediante una escala psicométrica, por tanto, el hecho de que se lo pretenda medir para volcarlo en una escala numérica, es una operación sin verdadero valor clínico.

¿De qué le sirve a un sujeto que le digan que tiene una «depresión mayor» con un valor de «35»?[17]–[18]

Los estados anímicos y facultades tales como la tristeza o la angustia, así como la inteligencia, no son intrínsecamente cualitativos ni cuantitativos, sino que ese carácter solo está en los conceptos que se empleen para hablar de ellos. Por tanto, «el ser cualitativo o cuantitativo, no son propiedades de las cosas, sino de los conceptos que empleamos para pensar en las cosas y hablar de ellas».[19]


[1] Timimi, Sami. (2026). «¿Qué es la salud mental?», en Qué es ser normal. Salud mental, sufrimiento psicológico y neurodiversidad. Madrid: Debate, pp. 33-38.

[2] Presentación del libro «De Smith a Keynes. Siete lecciones de historia del pensamiento económico», Ateneo de Madrid, Sección de Ciencias Económicas, Biblioteca,  jueves 16 de abril de 2026.

[3] Kicillof, Axel. (2010). De Smith a Keynes: siete lecciones de historia del pensamiento económico. Un análisis de los textos originales, Buenos Aires: EUDEBA-Siglo XXI, p. 5.

[4] Pavlov, Ivan P. (1997). Los reflejos condicionados. Madrid: Ediciones Morata.

[5] Pavlov, Ivan P. (1997). «Aplicación al hombre de los datos experimentales obtenidos en los animales», en Los reflejos condicionados. Madrid: Ediciones Morata, p. 409.

[6] Voloshinov, Valentín N. (1976). «El estudio de las ideologías y la filosofía del lenguaje», en El signo ideológico y la filosofía del lenguaje. Buenos Aires: Nueva Visión, pp. 19-27.

[7] Pavlov, Ivan P., cit. por López Piñero, José María. (2002), en Del hipnotismo a Freud. Orígenes históricos de la psicoterapia. Madrid: Alianza, pp. 142-143.

[8] Lázaro, José. (2000). «De la evidencia ilusoria a la incertidumbre razonable: introducción histórica». Archivos de Psiquiatría 2000; (Supl. 3): 5-26.

[9] Ricoeur, Paul. (2013). El conflicto de las interpretaciones. Ensayos de hermenéutica. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, pp. 215-240.

[10] Hernández-Clemente, Juan Carlos. (2012). Bioética básica. Fundamentos y métodos. Madrid: Marnela. Triacastela, p. 181.

[11] Gadamer, Hans-Georg. (2015). «Texto e interpretación», en Verdad y Método II. Salamanca: Ediciones Sígueme, p. 323.

[12] Hernández-Clemente, Juan Carlos. Bioética básica. Fundamentos y métodos, p. 189.

[13] Freud, Sigmund. (1997). «Construcciones en psicoanálisis», en Obras Completas, tomo 9, Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 3365-3373.

[14] Gómez Sánchez, Carlos. (2002). Freud y su obra. Génesis y constitución de la Teoría Psicoanalítica. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 279-285.

[15] Gracia Guillén, Diego. (2003). «Hechos y valores en la práctica y en la ciencia médica», en Baca, E.; Lázaro, J. (2003). Hechos y valores en psiquiatría. Madrid: Triacastela, pp. 43-70.

[16] Sigerist, Henry E. (1974). Sociología de la medicina: Bogotá: Editorial Guadalupe.

[17] Escala Hamilton para la depresión. Versión de JA Ramos-Brieva y A Cordero-Villafáfila. Disponible en: https://biadmin.cibersam.es/Intranet/Ficheros/GetFichero.aspx?FileName=ESCALA_DE_HAMILTON_PARA_LA_DEPRESION_de_Ramos_Brieva_y_Cordero_Villafafila.pdf.

[18] Hamilton, Max. (1969). «A rating scale for depression: Hamilton Rating Scale for Depression (HAM-D)». Journal of Neurology, Neurosurgery and Psychiatry. Feb;23(1):56-62. doi: 10.1136/jnnp.23.1.56. PMID: 14399272; PMCID: PMC495331. https://dcf.psychiatry.ufl.edu/files/2011/05/HAMILTON-DEPRESSION.pdf

[19] Mosterín, Jesús. (2003). Conceptos y teorías de la ciencia. Madrid: Alianza, pp. 16-31.

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Carlos Ledesma Lara

Psicoanalista.

Licenciado en Psicología Clínica.

Doctor en Filosofía Universidad Complutense de Madrid

Doctorando en Medicina. Especialidad Psiquiatría Universidad Autónoma de Madrid

Tesis Doctoral: «Senderos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico»

Postgrado Especialista en Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Pontificia de Comillas

Postgrado en Psicopatología Clínica Universidad de Barcelona

Cursos 6ª de Ingeniería Eléctrica Universidad Tecnológica Nacional, Regional Avellaneda, Buenos Aires.

Coordinador de equipos de Acompañamiento Terapéutico

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