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Carlos Ledesma Lara
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De la culpa a la responsabilidad

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Para intentar explicar la reacción paradójica del propio paciente o de su entorno, que obstaculiza el posible avance del proceso terapéutico en el momento en que puede vislumbrarse la emergencia de alguna posibilidad de mejora de su modo de estar en el mundo y de distanciamiento de actitudes que solo lo conducen una y otra vez a un sufrimiento autoinfligido, Sigmund Freud propuso la tesis de la existencia de un difuso sentimiento de culpabilidad en el sujeto que actuaría de manera punitiva. Se trata de una explicación especulativa, sin duda, pero con antecedentes en la literatura clásica.

En relación con dicho sentimiento, señala Pedro Laín Entralgo:

Los análisis de la psicología profunda muestran que, conscientes o subconscientes,[1] los sentimientos de culpa pueden tener acción nosógena. En el ejercicio de la conciencia moral intervienen, como sabemos, diversas estructuras orgánicas —neurofisiológicas, endocrinológicas; a la postre biológico-moleculares—, y esto hace que sus perturbaciones den a veces lugar a desórdenes orgánicos, y en último término a enfermedades propiamente dichas. Con lo cual el médico y el enfermo más racionalizados pueden llegar a la conclusión de que la mala conciencia —el sentimiento de culpa, la vertiente subjetiva de la mancha moral que la ética religiosa llama «pecado»— es causa o concausa de enfermedad. Lo que el hombre arcaico consideró «castigo», aparece como mera «consecuencia comprensible» ante la mentalidad científica del hombre actual.[2]

En «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica»,[3] Freud resalta que, al inicio del tratamiento, el analista no deposita su interés en el carácter del sujeto, sino que intenta averiguar qué significado tienen los síntomas que este relata o manifiesta y qué mociones pulsionales se ocultan detrás de los mismos y se satisfacen en dichos síntomas. Pronto observó Freud que el trabajo analítico se veía amenazado u obstaculizado por el propio paciente y pasó a examinar ciertos tipos de carácter que se le presentaron en su trabajo y que operaban en la dirección de la resistencia a la cura. En primer lugar, destacó los que llamó sujetos con caracteres de «excepción», para referirse a aquellas personas que muestran un rasgo impulsivo que les impide renunciar temporalmente a la satisfacción de un deseo, esto es, renunciar a un placer inmediato que consideran un derecho indiscutible. En cierto modo, todo sujeto se mueve en un territorio que abarca desde el sentimiento de culpa por recibir o haber renunciado a algo que no cree merecer hasta ocupar el lugar de «víctima» desdichada e insatisfecha, o, como les llama Freud, de «excepción», por no haber recibido lo que cree merecer. Encontrar ese término medio, entre lo padecido, lo recibido y lo merecido, es una ardua tarea, que no todo el mundo está dispuesto ni en condiciones de afrontar, y que será objeto de análisis en el caso de decidir iniciar un tratamiento psicoterapéutico.

Haremos aquí un breve apunte sobre la cuestión de la culpa y la responsabilidad, que es central para el trabajo clínico desde la perspectiva psicoanalítica. Paul Ricoeur propuso una diferencia entre ética y moral, señalando que «(…) una procede del griego y otra del latín, y ambas hacen referencia a la idea de costumbres (éthos, mores); se puede, no obstante, discernir un matiz, según se ponga el acento en aquello que se estima bueno o en aquello que se impone como obligatorio».[4]

Ricoeur reservó, como retomaremos más adelante, el término ética para «la aspiración de una vida cumplida bajo el signo de las acciones estimadas buenas, y el de moral para el campo de lo obligatorio, marcado por las normas, las obligaciones y las prohibiciones, caracterizadas a la vez por una exigencia de universalidad y por un efecto de coerción».[5] De la coerción de las pulsiones de la moral cultural sobre los sujetos habló Freud en diferentes momentos de su obra,[6] y de la introyección de dicha coerción, ejerciéndola el propio sujeto contra sí mismo, en textos como el citado.[7]

Sobre «ética» y «moral»

Pese a que no existe un consenso sobre cómo diferenciar la ética de la moral, y a que sus respectivas etimologías presentan un origen similar, puede considerarse la ética, vinculada a la responsabilidad sobre los propios actos y decisiones, como una de las máximas expresiones de la libertad humana. En este sentido, permite articular el vínculo entre libertad, decisión y norma y tratar de responder a la pregunta «¿qué debo hacer?» en una situación concreta.[11] Para el psicoanálisis, dicha libertad, siempre estará sobredeterminada por deseos y elementos inconscientes, propios de la concepción del aparato psíquico freudiano:

En línea con la distinción de Ricoeur, Adela Cortina considera que el tránsito de la moral a la ética implica un cambio de nivel reflexivo, es decir, el paso de una reflexión que dirige la acción de modo inmediato a una reflexión filosófica sobre los juicios, códigos y cuestiones morales existentes.[8]–[9] La cuestión se complica cuando los mecanismos que disparan el sentimiento de culpa se introyectan y se relegan al inconsciente, instando al sujeto a realizar actos, ceremoniales o inhibiciones obsesivos con los que trata de conjurar (inconscientemente) dicha culpa, de la que nada sabe ni quiere saber, «pero que no deja de acosarle, aunque ahora se encuentre desplazada hacia lo trivial e incluso nimio».[10]

Esquema 1. Moral y Ética: de la culpa a la responsabilidad.

En 1925, Freud añadió un breve texto a La interpretación de los sueños para analizar la responsabilidad del contenido de los sueños «inmorales»,[12] es decir, aquellos sueños en los que la censura moral del sujeto aparentemente falla. Sueños que son la expresión de impulsos incestuosos, inmorales, perversos e incluso homicidas. En ocasiones, el sujeto que ha tenido un sueño incestuoso, por ejemplo, acude al sacerdote para expiar la culpa. También en la vida despierta, los sujetos pueden llegar a sentirse culpables por deseos legítimos e imponerse una coerción moral para no llevarlos a cabo. En dicho ensayo, Freud se pregunta cómo es posible que la censura psíquica, fracase en los sueños «manifiestamente inmorales», ante los cuales el soñante llega a reaccionar despertándose angustiado y culpable. Asimismo, reflexiona sobre el hecho de que en el sueño no siempre se presentan realizaciones de deseos inmorales, sino que con frecuencia también surgen enérgicas reacciones contra ellos en forma de «sueños de castigo»,[13] en los que el soñante experimenta sufrimiento, persecuciones en las que su vida corre peligro o humillación.

Ante estas cuestiones, Freud responde que «si el contenido onírico correctamente comprendido no ha sido inspirado por espíritus extraños, entonces no puede ser sino una parte de mi propio ser», es decir, es una producción psíquica del sujeto, debiendo por tanto asumir su responsabilidad por ambas categorías oníricas: las «inmorales» y las de «castigo».

La teoría psicoanalítica es particularmente sensible a la cuestión de la responsabilidad por los actos que un sujeto lleva a cabo, sabiendo que, cuando se trasladan al ámbito jurídico situaciones dolosas, suele recurrirse a un trastorno «mental» o a un estado de intoxicación (drogas, alcohol, etc.) como eximente o atenuante de responsabilidad. Un sujeto puede asumir la responsabilidad de sus actos sin sentirse culpable; por el contrario, están quienes «gozan», es decir, quienes se recrean paradójicamente en él, inconscientemente, de su sentimiento de culpabilidad, sin considerarse responsables de él. Lo sano, si es que cabe la expresión, sería asumir la responsabilidad de los actos que pudieran haber perjudicado a otros o a uno mismo y responder por ellos. En el otro extremo está quien sabe del perjuicio ocasionado a otro y disfruta de ello: el perverso.

Culpa y responsabilidad

La cuestión que aquí se plantea es qué sucede cuando el sujeto se siente culpable de algo que ignora, que ni siquiera llevó a cabo o, peor aún, cuando ante un deseo legítimo lo reprime, niega o posterga y termina sufriendo por ello. Un sujeto puede resignarse y posponer conscientemente el cumplimiento de un deseo legítimo por no tener las condiciones materiales, físicas, etc. para ello, aceptarlo (estoica y éticamente) e intentar mejorar sus condiciones o esperar a que cambien las que no dependen de él para poder cumplirlo, pero sin por ello fustigarse, siendo responsable, por tanto, de dicho deseo sin sentirse culpable por su incumplimiento. Schopenhauer, entre otros pensadores clásicos, trató estas cuestiones afirmando que:

Allá donde se ubica la culpa, tiene que ubicarse también la responsabilidad: y, puesto que ése es el único dato que nos justifica para inferir la libertad moral, entonces la libertad tiene que radicar también en el mismo sitio, o sea, en el carácter del hombre; tanto más, cuanto que nos hemos convencido suficientemente de que aquélla no se puede encontrar inmediatamente en las acciones individuales que, bajo el supuesto del carácter, se producen con estricta necesidad. Pero el carácter es, como se ha mostrado en el tercer apartado, innato e inmutable.[14]

La cuestión de la inmutabilidad del «carácter», y la supeditación de la «libertad» de las acciones individuales al mismo, requeriría un estudio particular y profundo, que debería empezar por definir el concepto de «carácter», muy recurrido en la psicopatología y en psicología, al igual que el borroso término de «personalidad». No nos detendremos en ello, ya que no es objeto de este apartado, sino que solo haremos mención a lo habitual que es el uso y abuso, en salud mental, de términos que no siempre están definidos con precisión.

En ocasiones, sí se responsabiliza al sujeto de sus actos mediante la operación de diagnóstico, pero reificándolo, es decir, despojándolo de su singularidad y circunstancias al recurrir a la nosología psiquiátrica para justificar y explicar una acción y atribuirla a un rasgo de personalidad o incluso a un factor genético. En este proceso se exime de responsabilidad al propio entorno del sujeto, a su familia, etc., que reciben el diagnóstico del familiar previamente evaluado y etiquetado como antisocial, bipolar, dual, hiperactivo, etc., con lo que de este modo ya nada tienen que ver con los actos y perjuicios que pudiera haber cometido, ya que «él o ella es así», lo que incluso llega a aliviar la «conciencia moral» de familiares y del entorno.

De igual modo, atribuir a un supuesto factor genético un rasgo de carácter o una psicopatología excluye la interacción de la tríada sujeto–familia–sociedad, producto de un determinismo delirante que ignora la dialéctica de los procesos psíquicos y sus contradicciones, que eventualmente se muestran, por ejemplo, en un lapsus verbal, algo que sí se acepta en el habla cotidiana. Sin embargo, no se va más allá ni se analiza lo que ello puede implicar, como sucede con la ambivalencia de los sentimientos hacia una misma figura, a quien se puede amar y odiar al mismo tiempo, contradicción que no puede resolverse de forma consciente ni voluntaria.

La formación de un síntoma (una obsesión o una fobia, por ejemplo), no puede reducirse al factor genético, sino que se despliega en la relación del yo del sujeto con su entorno, la sociedad y su familia, en la relación conflictiva entre sus deseos y sus pulsiones, que la realidad externa reprime en ocasiones y, en otras, alienta sin límites. En eso consiste la dialéctica de la formación de un síntoma: la disputa entre la represión y la defensa, entre la prohibición y la permisividad de realizarlo. El síntoma, para el psicoanálisis, es un primer resultado de las contradicciones entre el deseo, la pulsión y la defensa psíquica, entre la negación del deseo y la exigencia de moralidad. Reducirlo a un trastorno catalogado, anula su lógica y diluye cualquier posibilidad de pensarlo y, de este modo, se lo termina cristalizando.

La neurosis, entendida como la manera de estar en el mundo, lidiando con esas contradicciones e intentando resolver lo que esté al alcance de cada uno, en beneficio propio y de los demás, asumiendo responsabilidades y límites, es el precio a pagar, y la mejor salida posible de la perversión negada, para vivir en comunidad. Siendo la psicosis otro posible destino del fracaso total o parcial de la represión primaria, un mecanismo hipotético necesario para la constitución subjetiva y el acceso al orden simbólico, un concepto central en la teoría psicoanalítica.

Todo sujeto debe someterse a las normas de la sociedad en la que vive, que en ocasiones imponen restricciones arbitrarias e injustas, ante las cuales, a veces, corresponde rebelarse, ya que impiden la satisfacción de necesidades legítimas y básicas, por falta de políticas de equidad social. Es decir, en cada sociedad, el orden social con sus formas jurídicas y políticas, está incluido en la estructura económica de la sociedad y esta, a su vez, en última instancia, lo determina, tal como afirmó Engels, mediante «Un grupo infinito de paralelogramos de fuerzas de las que surge una resultante, que a su vez, puede considerarse producto de una fuerza única, que, como un todo, actúa sin conciencia y sin voluntad».[15]

La negación de la satisfacción y de las necesidades legítimas y básicas incidirá, por tanto, en la formación de la estructura psíquica de cada sujeto desde la infancia y a lo largo de su vida, por lo cual no habrá salud mental posible, sin un orden social justo. Respecto a la formación de dicha estructura psíquica y sus condicionantes sociales y culturales, siguiendo a Engels, afirmó Wilhelm Reich que:

Las exigencias religiosas y éticas cambian conforme cambia la sociedad. El superyó de la mujer era totalmente diferente en la era platónica de lo que es en la sociedad capitalista. En la medida en que se prepara ideológicamente la nueva sociedad en el seno de la sociedad actual, en esa medida cambian naturalmente los contenidos del superyó. Eso atañe tanto a la moral sexual como a la ideología de la intocabilidad de la propiedad privada de los medios de producción.[16]

Como se ha afirmado, el psicoanálisis le presta un tratamiento central tanto a la cuestión de la responsabilidad por los actos como a la culpa, al igual que la religión, pero desde una perspectiva diferente. Cuando un sujeto acude a una consulta acuciado por la culpa, ya sea por un acto objetivo o por un deseo, no se trata de intentar persuadirlo de que su culpa es desproporcionada o sin fundamento. En todo caso se debe contener en la medida de lo posible la angustia asociada, pero no consolar al paciente sin más, ya que el encuentro clínico debe invitar a abrir un trabajo de análisis, reflexión y asentimiento subjetivo a partir  de dicho sentimiento (culpa), justificado o no, o del afecto (angustia), para que, en su caso, se responsabilice de lo que se considere real, siempre con la prudencia que exige no precipitar un proceso analítico que pueda desencadenar una problemática psíquica grave latente, algo que debe valorarse durante las entrevistas previas y a lo largo del tratamiento.

Por eso el trabajo clínico psicoterapéutico es tan delicado. De ahí la necesidad ética de una supervisión adecuadas en el marco del tratamiento, y el análisis del propio terapeuta, analista, psicólogo o psiquiatra, que con buenas intenciones, puede intervenir abruptamente, a destiempo y excederse en su función. Creer, por ejemplo, que decirle a un paciente que se siente triste que está «deprimido» no es clínico, es una precipitación que puede tener graves efectos, algo que es habitual y que comprobamos con frecuencia en el trabajo asistencial cotidiano, el cual no se trata de alborotarlo con consejos: el bien-decir[17] del clínico se juega en el saber callar más que en querer hacer el bien, que por otra parte nunca se sabe dónde está, y en escuchar más que en explicar, ni mucho menos en interpretar de forma salvaje.

Al postular la existencia de una culpa inconsciente sin relación con actos y hechos constatables — siguiendo a autores clásicos, como mencionamos anteriormente—, Freud anticipó la resistencia que esto supondría en los ámbitos clínico y académico, como, por cierto, ocurrió y ocurre con la mayoría de sus postulados, más aún cuando propuso la posibilidad de una necesidad de castigo como la que se manifiesta en los sueños. Con estas hipótesis, subvirtió el orden de creencias religiosas y de corrientes filosóficas positivistas, dado lo difícil que resulta aceptar que un sujeto busque castigo y malestar para satisfacer las exigencias de una «entidad» inconsciente que habita su propio «alma», ese juez interno e implacable al que llamó «superyó».

Freud investigó y analizó los mecanismos psíquicos mediante los cuales el sujeto «neurótico» desea y reprime, mientras que el «perverso» actúa renegando de límites, y gozando de sobrepasarlos. De este modo, definió gráficamente a la neurosis como el negativo de la perversión: el neurótico fantasea y sueña lo que el perverso lleva a cabo en la vigilia,[18] quizá siguiendo algo lo que ya había planteado Platón.[19]

Por su parte, —y este es un punto relevante en nuestras sociedades, pero que solo mencionaremos sin entrar en él en profundidad—, el campo jurídico no tiene en su horizonte pensar la posibilidad de la existencia de una lógica inconsciente que cuestione la lógica del sentido común, algo que quizá debería tener en cuenta. Eso a lo que Freud llamó «más allá del principio del placer», y que no responde a la supuesta búsqueda de felicidad por parte de todo ser humano y que se manifiesta en situaciones de maltrato, «bulling» (acoso y explotación laborales), «burnout», que en ocasiones desembocan en juicios y demandas laborales, civiles y penales, y en aquellas otras en las que hay sujetos que permanecen indefinidamente como víctimas en una relación perversa, en un empleo que los enajena, que aborrecen y que ni siquiera intentan cambiar por otro, a pesar de tener posibilidades de hacerlo. A las profesiones que Freud consideró «imposibles», a saber, la de educar, gobernar y analizar (curar),[20] podríamos agregar una cuarta: la de juzgar e impartir justicia.

Volvamos a la cuestión del sentimiento de culpa inconsciente sin acto que lo justifique. Sabemos que, por lo general, las personas tienden a anteponer sus «derechos» —y privilegios— de «felicidad» y «satisfacción» a sus deberes como sujetos sociales. Esto es, prevalece el «principio del placer» sobre el «principio de realidad», como se observa en los casos patológicos de consumo impulsivo de sustancias tóxicas u objetos innecesarios o que están más allá de sus posibilidades de adquirirlos y de satisfacer sus necesidades reales y vitales, así como los casos de ingesta desmedida de alimentos, compra de mercancías inútiles, etc. Al comienzo del tratamiento de un «im-paciente» de este tipo, el analista suele proponer la renuncia provisional a cualquier satisfacción inmediata, planteamiento ante el que muchos pacientes se rebelan aduciendo que ya han sufrido muchas privaciones y restricciones a lo largo de sus vidas y que «no están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displacentera, pues son excepciones y se proponen seguir siéndolo».[21]

Sin entrar a profundizar en el análisis de estos casos de sujetos que se consideran «excepcionales», cabe destacar lo expuesto por Freud, quien observó que muchos de ellos creen haber sufrido sucesos injustos en la infancia o posteriormente, de los que fueron víctimas pasivas, y que, por tanto, en el presente, están exentos de limitar sus privilegios, pudiendo obrar sin límites ni mesura y recibiendo así una compensación por el sufrimiento y las carencias supuestamente experimentados anteriormente. Sin embargo, este comportamiento desemboca, en definitiva, en la agudización de sus malestares anímicos y en la insatisfacción de ansias aparentemente irracionales.

Los que fracasan cuando triunfan

El segundo de estos caracteres analizados por Freud en dicho trabajo es el de aquellos sujetos que «fracasan cuando triunfan».[22] El psicoanálisis revela la paradoja que manifiestan algunas personas que entran en un proceso anímico melancólico no cuando se les niega el cumplimiento de un deseo, sino cuando les ha sido posible satisfacerlo. En estos sujetos se observa que, a partir del momento en que cumplen un sueño profundamente deseado, su salud física o anímica comienza a declinar y terminan cayendo en estados depresivos y afirmando que no merecen lo conseguido, pese al trabajo y el esfuerzo realizados para ello. Freud introduce aquí la hipótesis de que un insondable «sentimiento de culpabilidad» previo subyace a estos llamativos procesos anímicos, como también ocurre en el tercer tipo de carácter que investiga: el de aquellos sujetos que delinquen para soportar o justificar ese sentimiento previo que arrastran. En estos casos, observa que ciertos sujetos que han cometido un acto delictivo, y por tanto punible, por paradójico que pudiera parecer, el sentimiento de culpabilidad no surge tras el acto delictivo, sino que pareciera preexistir a este. De estos «delincuentes por sentimiento de culpabilidad», nos dice que:

La labor analítica me condujo entonces al sorprendente resultado de que tales actos eran cometidos, ante todo, porque se hallaban prohibidos y porque a su ejecución se enlazaba, para su autor, un alivio psíquico. El sujeto sufría, en efecto, de un penoso sentimiento de culpabilidad, de origen desconocido, y una vez cometida una falta concreta sentía mitigada la presión del mismo. El sentimiento de culpabilidad quedaba así́, por lo menos, adherido a algo tangible.[23]

De este modo, Freud planteó que el sentimiento de culpabilidad es previo a la ejecución del acto punible y que el sujeto se siente aliviado una vez cometido este. Recuerda Freud que un amigo le llamó la atención sobre el hecho de que ya Nietzsche sabía de estos sentimientos de culpabilidad, presentes en las palabras de Zaratustra cuando se refiere a esos «pálidos delincuentes» que, debido a la preexistencia del sentimiento de culpabilidad, cometen el acto para recibir el castigo que buscan. De este modo, se sienten aliviados al provocar y recibir el castigo esperado, confundiendo previamente el pensamiento (la culpa inconsciente) con la acción.[24]

Dostoievski también describe este accionar a través del personaje de Raskolnikov, el angustiado protagonista de Crimen y castigo, con la ofuscación del juicio y el decaimiento de la voluntad en el momento de cometer el crimen: «¿Es la enfermedad la que engendra el crimen, o es el mismo crimen el que, de alguna manera, debido a su peculiar naturaleza, siempre se hace acompañar de algo similar a una enfermedad?».[25]

El origen enigmático de este sentimiento de culpabilidad, preexistente a cualquier acto real, Freud lo ubica en un momento fundacional del sujeto, efecto de la cultura, una explicación problemática que ha desembocado en numerosos malentendidos y rechazos, una «cultura de la culpabilidad» inseparable de la tragedia griega.[26] Para Freud, el yo se siente culpable ante el superyó,[27] la instancia psíquica representante de la conciencia moral de formación social, cultural e histórica, sobredeterminada por los valores, hechos y las condiciones del sujeto, así como por la configuración del entorno en el que se constituye: la cultura y sus instituciones (familia, escuela, iglesia, etc.[28]). Esta culpa, que está en relación con el hecho de que el sujeto es un ser deseante y que, por ello, parece provenir del futuro en cumplimiento de la «santidad del deber»,[29] no se resuelve con la simple renuncia a la satisfacción del deseo que estuviere en cuestión, sino que además parece promover una poderosa necesidad de expiación y castigo por el mero hecho de sentir dicho deseo.[30]

No entraremos en detalles sobre la hipótesis freudiana, sin duda especulativa y que excede el objeto de este trabajo, pero mencionaremos aquí uno de nuestros casos clínicos en los que esta hipótesis parece comprobarse:

Viñeta: «El ingeniero que ganaba demasiado»
Un paciente al que tuve la ocasión de atender en mi consulta, llegó después haber caído en un estado melancólico en el que estaba sumido desde hacía varios meses. Tras varias sesiones, a las que asistía puntualmente —salvo las dos primeras, que canceló y pospuso varias veces cambiando la hora semana tras semana—, relató que todo comenzó después de conseguir un aumento significativo de su salario por parte de su empleador, aumento que no había solicitado pero que consideraba que merecía por el trabajo que realizaba. La empresa había reconocido el valor que su trabajo aportaba a esta y consideró que una parte de él debía devolvérselo al trabajador en forma de aumento de sueldo. Paradójicamente, después de esto, y ante la felicitación de sus allegados y familiares, comenzó a sentirse cada vez más «triste y desganado», según sus propias palabras. ¿Cómo es posible que tal cambio de ánimo, opuesto a lo racionalmente esperado, ocurriera? ¿Qué conflicto estaba en lucha en el psiquismo de esta persona para que respondiera a un reconocimiento de su valía con un estado de ánimo melancólico? Recuerdo que esta fue una de las sesiones en mis comienzos como psicoterapeuta que más me sorprendió y mi atrevimiento de principiante me llevó a precipitar unas explicaciones que aquí relataré. El joven trabajador, ingeniero de profesión, no solo había logrado un merecido aumento de salario y, con él, el reconocimiento a su trabajo, sino que también había podido sentir, sin ser consciente de ello, que había conseguido algo que su padre no pudo: ni asistir a la universidad ni alcanzar una cota salarial como la suya. Rápidamente alcancé a llegar a esta limitada explicación «causal»: que su estado de ánimo melancólico se debía a que había logrado «superar» a su padre, al que, por cierto, respetaba y amaba. Por fortuna, dado que siempre recurro a un supervisor clínico, fue él quien puso orden y límites éticos a esas precipitadas «interpretaciones» mías, que, en verdad, solo eran explicaciones «psicologistas», basadas en atribuciones terapéuticas que yo mismo, en un arrebato de narcisismo y de creencias infundadas sobre mis saberes analíticos, había establecido. Sin embargo, algo de esto estaba en juego, como me señaló mi supervisor, lo que obviamente no comenté a la persona. Seguimos las sesiones y, paulatinamente, cada mes que cobraba su salario, pudo aceptar que la empresa no le hacía ningún favor ni le regalaba dinero alguno y que su padre, que ya había fallecido, se habría alegrado de que hubiera podido conseguir lo que él no pudo, tal y como relató el paciente en una de las últimas sesiones.

Superar al padre puede resultar, para algunas personas, intolerable, algo que además ignoran por completo, no solo porque pudo proporcionarles apoyo para acceder a tener unos estudios, un trabajo y unas condiciones que él no llegó a tener, y sentirse (inconscientemente) en deuda por ello, sino también, paradójicamente, porque puede resultarles intolerable superar a un padre que ni siquiera estuvo presente en los momentos en los que lo necesitaron para su formación. En este caso, es más difícil entender la existencia de una deuda simbólica que los vincule con su progenitor. Ante estas situaciones, Freud planteó que en los sujetos subyace una culpa constitutiva, más allá del trato recibido por parte de sus progenitores; una culpa y una deuda de origen enigmático, cuyas raíces quizá se encuentren en nuestra propia moral cultural. Todos estos conflictos se producen en el mismo psiquismo del sujeto y, para dar cuenta de ellos, Freud construyó una hipótesis de trabajo en la que consideró que en dicho psiquismo conviven y luchan diferentes instancias. Una de ellas es la mencionada anteriormente, a la que llamó superyó, heredero del no siempre bien comprendido complejo de Edipo —un concepto crucial del psicoanálisis— y, sobre todo, de las exigencias de la cultura y la sociedad. Se trata de una instancia hipotética pero «que cumple un valioso papel estructurante de la personalidad y no hay que verla sólo desde los rasgos negativos y patológicos que tantas veces se asume» debido a su carácter punitivo y contradictorio.[31

El superyó es la instancia psíquica donde se introyectan y configuran las normas morales y éticas que posibilitan la convivencia en comunidad, y es también el guardián de su cumplimiento, para lo que exige renuncias ante intenciones o deseos que, de satisfacerse, infringirían dichas normas. Sin embargo, el superyó mantiene una relación ambivalente con el propio yo del que ha surgido: por un lado, protege al yo de la satisfacción inmediata de inercias pulsionales y de aquellos excesos que podrían acarrearle consecuencias nefastas; por otro lado, cuando el yo obedece al mandato superyoico de prudencia y mesura, el superyó le exige cada vez más renuncias, incluso en relación con deseos o proyectos de vida legítimos y beneficiosos.

El origen de ese oscuro sentimiento de culpa, vinculado a un deseo cuya satisfacción está vedada al sujeto, puede llevarnos a diversas explicaciones especulativas que, a su vez, nos conducen al centro mismo de la metapsicología freudiana, es decir, al concepto de inconsciente.

La práctica analítica señala que dicho sentimiento de culpabilidad no puede ser combatido directamente por ningún medio, sino que debe ser considerado como un enigmático elemento de la estructura psíquica de todo sujeto, y esperar pacientemente a que, o bien se disuelva a través del trabajo analítico, o que, aunque no se revele su enigmático sentido, al menos sea soportable y deje de operar con insistencia tiránica, como se observa, por ejemplo, en los rituales religiosos de los trastornos obsesivos de limpieza —que la reciente pandemia nos mostró en todas sus dimensiones— o en las disfunciones sexuales que impiden «pecar», para que el sujeto pueda ubicar sus deseos legítimos en el campo de la responsabilidad y la ética, territorios opuestos a los de la moral coercitiva y de su consecuente aliada, es decir, la culpa. El atolladero de la culpabilidad, es decir, el momento subjetivo de la culpa,[32] como bien señaló Jacques Lacan, opera como un contable al que las cuentas siempre le salen a pagar.[33]


Imagen destacada: «Diógenes con la linterna». Jacob Jordaens. Flandes, 1642. Museo: Gemäldegalerie Alte Meister, Dresde (Alemania)


[1] Término empleado por Freud en sus primeros trabajos, pero que rápidamente rechazó debido a los equívocos que suscita y a su imprecisión conceptual, comenzando a utilizar el termino «inconsciente», específico de la teoría psicoanalítica. En el vocabulario psicológico corriente es habitual utilizar o traducir erróneamente  «subconsciente» como sinónimo de inconsciente.

[2] Laín Entralgo, Pedro. Antropología médica para clínicos, p. 305.

[3] Freud, Sigmund. (1997). «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica». O.C., tomo 7, p. 2413-2428.

[4] Ricoeur, Paul. «Ética y moral», en Gómez Sánchez, Carlos (ed.). Doce textos fundamentales de la Ética del siglo XX, p. 241.

[5] Ricoeur, Paul. [6] Freud, Sigmund. «La moral sexual “cultural” y la nerviosidad moderna». O.C., tomo 4, p. 1243-1261.

[7] Freud, Sigmund. «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica», O.C., tomo 7.

[8] Cortina, Adela. (2000). ¿«Fundamentación de la ética» o «fundamentación de la moral»?, en Ética mínima. Introducción a la filosofía práctica. Prólogo de José Luis L. Aranguren. Madrid: Editorial Tecnos, pp. 42-44.

[9] Cortina, Adela; Martínez Navarro, Emilio. (2001). «La ética como filosofía moral», en Ética. Madrid: Ediciones Akal, pp. 9-28.

[10] Gómez Sánchez, Carlos. (2009). «Ética y psicología: psicogénesis de la moral», en La aventura de la moralidad (Paradigmas, fronteras y problemas de la ética). Gómez Sánchez, Carlos; Muguerza Carpintier, Javier (eds.). Madrid: Alianza Editorial, p. 151.

[11] Herreros, Benjamín. Bioética clínica. Un puente entre la medicina y los valores. (2025). Córdoba: Editorial Almuzara, pp. 35-36.

[12] Freud, Sigmund. «La responsabilidad moral por el contenido de los sueños». O.C., tomo 8, p. 2893-2895.

[13] Freud, Sigmund. «La responsabilidad moral por el contenido de los sueños», p. 2894.

[14] Schopenhauer, Arthur. (2007). Los dos problemas fundamentales de la ética. Traducción, introducción y notas de Pilar López de Santa María. Madrid: Siglo XXI, p. 134; E 94.

[15] Engels, Friedrich. (1978). «Carta a Joseph Bloch en Königsberg», en K. Marx; F. Engels. Obras escogidas, Tomo III. Moscú: Editorial Progreso, pp. 514-516.

[16] Reich, Wilhelm. (1970). Materialismo dialéctico y psicoanálisis. México D.F.: Siglo XXI Editores, pp. 34-35.

[17] Lacan, Jacques. (1997). «Televisión», en Psicoanálisis. Radiofonía & Televisión. Traducción y notas Oscar Masotta y Orlando Gimeno-Grendi. Barcelona: Anagrama, p. 118.

[18] Freud, Sigmund. «Tres ensayos para una teoría sexual». O.C., tomo 4, p. 1190.

[19] Platón. (2000). «República», libro IX, 575a, en Diálogos IV. Traducción de Conrado Eggers Lan. Madrid: Gredos, p. 433.

[20] Freud, Sigmund. «Prefacio a un libro de August Aichhron». O.C., tomo 9, p. 3216.

[21] Freud, Sigmund. «Los de excepción», en «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica». O.C., tomo 7,p. 2414.

[22] Freud, Sigmund. «Los que fracasan al triunfar» en «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica». O.C., tomo 7,p. 2416.

[23] Freud, Sigmund. «Los delincuentes por sentimiento de culpabilidad», en «Varios tipos de carácter descubiertos en la labor analítica». O.C., tomo 7, p. 2427.

[24] Nietzsche, Friedrich. (2003). «Los pálidos delincuentes», en Así habló Zaratustra. Introducción, traducción y notas de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, pp. 70-72.

[25] Dostoievski, Fiódor. (2007). Crimen y castigo. Traducción de Sergio Hernández-Ranera. Madrid: Ediciones Akal, p. 135

[26] Laín Entralgo, Pedro. La curación por la palabra en la antigüedad clásica, p. 324.

[27] Freud, Sigmund. «El yo y el ello». O.C., tomo 7, p. 2710.

[28] Igor A. Caruso señaló ya en un texto de 1965 que hay tendencia a creer que un valor existente, como la familia, es eterno, y afirmó que «existe y ha existido siempre, pero esto no quiere decir que existirá siempre. Hasta el momento, podemos comprobar que ha existido siempre, si bien bajo formas diversas: desde las formas matriarcales hasta las patriarcales, desde la gran familia de clan hasta la moderna familia europea-americana y la mahometana con varias mujeres, etc.», como se puede observar en los cambios actuales de configuración de la familia clásica occidental. Véase Igor A. Caruso. (1966). «Sobre la ontogénesis de la moral», en El Psicoanálisis, lenguaje ambiguo. Traducción de Armando Suárez. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, p. 89.

[29] Nietzsche, Friedrich. (1994). La genealogía de la moral. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Madrid: Alianza Editorial, p. 74.

[30] Laín Entralgo, Pedro. (1953). Estudios de Historia de la Medicina y de la Antropología médica. Madrid: Ediciones Escorial, p. 239.

[31] Sánchez Gómez, Carlos. (2002). Freud y su obra. Génesis y constitución de la Teoría Psicoanalítica. Madrid: Biblioteca Nueva, pp. 241-242.

[32] Ricoeur, Paul. (2004). Finitud y culpabilidad. Madrid: Trotta, p. 258.

[33] Lacan, Jacques. (1975). Seminario 22. R.S.I. Clase 3, 14 de Enero de 1975 (Inédito).

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Carlos Ledesma Lara

Psicoanalista.

Licenciado en Psicología Clínica.

Doctor en Filosofía Universidad Complutense de Madrid

Doctorando en Medicina. Especialidad Psiquiatría Universidad Autónoma de Madrid

Tesis Doctoral: «Senderos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico»

Postgrado Especialista en Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Pontificia de Comillas

Postgrado en Psicopatología Clínica Universidad de Barcelona

Cursos 6ª de Ingeniería Eléctrica Universidad Tecnológica Nacional, Regional Avellaneda, Buenos Aires.

Coordinador de equipos de Acompañamiento Terapéutico

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