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Carlos Ledesma Lara
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¿Por qué se hace uno psicoanalista?

Publicado el

Autor: Igor A. Caruso* (1966)

Muchos de los que no conocen el psicoanálisis por no haberlo experimentado en sí mismos, tienen la idea de algo mágico, misterioso, algo que, a pesar de todas las explicaciones que se puedan leer en los libros, recuerda más bien el magnetismo, la sugestión y la hipnosis. Dicho sea de paso, esta última categoría no es nada misteriosa.1

La atracción que el psicoanálisis ejerce se debe en parte a un pensamiento mágico. Aún más, pienso que no se llega a ser psicoanalista por simple azar, como tampoco se hace uno ingeniero, o arquitecto, o químico por razones puramente exteriores. Es evidente que uno se hace psicólogo (no hablamos ahora del psicoanalista, sino del psicólogo en general) no por casualidad, por encontrarse con la psicología en los programas universitarios.

El estudio de una ciencia humana, muy particularmente del psicoanálisis, se busca conscientemente —y con más frecuencia inconscientemente— en virtud de motivos racionales que recubren razones inconscientes; en realidad se busca una respuesta a las propias dificultades, al propio problema existencial. Exagerando un poco, pienso que uno se hace psicoanalista —no olvidemos que el psicoanálisis es la psicología de las motivaciones, a menudo sorprendentes e ilógicas— sencillamente porque se es neurótico. Creo que es un buen punto de partida, a condición de abandonarlo luego, en cuanto sea posible.

Yo creo, en efecto, que todo psicoanalista busca la respuesta a sus propias dificultades. Esto tiene, evidentemente, su lado negativo. He observado muchos institutos de psicología, muchos grupos psicoanalíticos en el mundo y he visto con frecuencia que muchos candidatos se lanzan a hacer estudios psicológicos o de psicoanálisis porque son neuróticos graves y no saben qué hacer de su vida. Buscan por este medio eminentemente racional una respuesta «a la medida» para sus conflictos, lo que evidentemente no consiguen.

Creo que la formación, aun del psicólogo universitario, pero sobre todo del psicólogo clínico, del psiquiatra y del psicoanalista, está llena de dificultades interiores. Hay que encontrar por sí mismos el punto de vista más o menos adecuado y es contra esta tarea de autoafirmación contra la que se levanta el pensamiento mágico que arraiga tanto en el psicoanalista como en el paciente.

He observado muchos institutos de psicología, muchos grupos psicoanalíticos en el mundo y he visto con frecuencia que muchos candidatos se lanzan a hacer estudios psicológicos o de psicoanálisis porque son neuróticos graves y no saben qué hacer de su vida. Buscan por este medio eminentemente racional una respuesta «a la medida» para sus conflictos, lo que evidentemente no consiguen

Cada analizando piensa que será el psicoanalista quien modifique lo que en él no funciona, que será el psicoanalista, aparentemente tan inactivo, quien trabajará mágicamente en su lugar. Pero este deseo es como decir: «Lávame, pero no me mojes», en otras palabras, una contradicción. Y, sin embargo, el paciente medio cree que es el psicoanalista quien trabajará por él. Pero esto no es cierto. No digo que el psicoanalista no trabaje: por el contrario, es una de las profesiones más fatigantes que existen, uno de los trabajos más difíciles y agotadores.

Pero el psicoanalista no trabaja visiblemente, porque es el paciente mismo quien debe tomar conciencia de su evolución; nadie lo hará tomar conciencia por decirle: esto es lo que has hecho y esto es lo que has dejado de hacer, he aquí lo que deberás hacer en adelante, etc. No, se trata más bien de un monólogo frente a un testigo, monólogo que se convertirá en diálogo precisamente porque se hace frente a un testigo. Aquí está la dificultad ininteligible para quien no ha pasado por la experiencia del psicoanálisis. Se piensa que es solamente un monólogo, una introspección, que el paciente debe reflexionar mucho sobre sí mismo, como lo hacen todos cuantos tienen dificultades íntimas.

En realidad este esfuerzo comienza ya en la pubertad: el diario íntimo de la joven es la prueba; con él intenta objetivar sus dificultades (¡qué desgraciada soy! Él no me ha mirado, etc.). No se trata de moralizar. Este diario íntimo que lleva la mayor parte de las muchachas y algunos muchachos también, es una terapia a veces excelente y representa un ensayo de objetivación de su vida interior, pero no puede llegar a constituir una verdadera y plena objetivación, porque hablan sólo consigo mismos.

En el psicoanálisis, en cambio, aunque el psicoanalista no hable mucho, de hecho se habla ante alguien y poco a poco se va uno dando cuenta de que se está llevando a cabo una acción social en el verdadero sentido de la palabra. El psicoanálisis, hay que decirlo resueltamente, no es introspección ni magia, sino acción social simbolizada por un grupo de dos partícipes y por cierto una acción social muy complicada, difícil y lenta.

Quien no tenga problemas puede hacerse astronauta. Admiro mucho a los astronautas y encuentro un cierto paralelismo entre descender a las profundidades de lo humano y ascender a las profundidades del cosmos. Pero el astronauta no es neurótico, o si lo es, está contento con su neurosis, a la que puede dar así una brillante salida. El otro, en cambio, no está contento con su neurosis y busca comprenderse a sí mismo y hallar una respuesta antropológica a sus conflictos humanos. Para ello no tiene otro camino que el de analizarse. El psicoanalista debe estar lo mejor analizado posible; si no, en la medida en que su propio comportamiento le sea opaco, correrá el peligro de falsear la situación para ambos protagonistas. He aquí la respuesta a la pregunta de por qué es necesario el psicoanálisis estricto de todo psicoanalista.

El psicoanalista debe estar lo mejor analizado posible; si no, en la medida en que su propio comportamiento le sea opaco, correrá el peligro de falsear la situación para ambos protagonistas. He aquí la respuesta a la pregunta de por qué es necesario el psicoanálisis estricto de todo psicoanalista.

Evidentemente todo en el mundo es ambivalente. Quien pretenda hacer psicoanálisis debe persuadirse de esta verdad: no hay simplemente negro o blanco, sino que en todo hay un aspecto positivo y otro negativo. Debe aceptar, pues, como inevitable, que aun el psicoanálisis en general y el psicoanálisis del analista en particular tiene sus lagunas y su lado negativo.

Los analistas que cultivan aún el mito del «analista perfectamente analizado» son gentes evidentemente mal analizadas, que se imaginan al hacer su análisis didáctico que reciben un sacramento y miran a los otros por encima del hombro y los consideran como los «pobres no analizados». No hay sacramento psicoanalítico. Esta concepción mágica perdura, sin embargo, soterrada en muchos grupos.

Igor A. Caruso nació en Tiraspol (Rusia) en 1914. Parte de su niñez la pasó en Rusia, luego en Rumanía y por último en Bélgica. Hizo sus estudios profesionales en la Universidad de Lovaina donde obtuvo el doctorado en Psicología y Ciencias de la Educación y su preparación psicoanalítica en el Instituto alemán para la investigación psicológica y la psicoterapia bajo la dirección de A. Aichhorn y V. E. Gebsatel. En 1947 fundó el Círculo vienés de Psicología Profunda, siendo más tarde profesor de psicología social y psicología clínica de la Universidad de Salzburgo (Austria), ciudad en la que falleció en 1981.
  1. Caruso, Igor A. (1966). El Psicoanálisis: lenguaje ambiguo. Estudios dialécticos sobre teoría y técnica psicoanalíticas. Traducción de Armando Suárez. México: Fondo de Cultura Económica, 1966. ↩︎

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Carlos Ledesma Lara

Psicoanalista.

Licenciado en Psicología Clínica.

Doctor en Filosofía Universidad Complutense de Madrid

Doctorando en Medicina. Especialidad Psiquiatría Universidad Autónoma de Madrid

Tesis Doctoral: «Senderos Clínicos del Acompañamiento Terapéutico»

Postgrado Especialista en Clínica y Psicoterapia Psicoanalítica Universidad Pontificia de Comillas

Postgrado en Psicopatología Clínica Universidad de Barcelona

Cursos 6ª de Ingeniería Eléctrica Universidad Tecnológica Nacional, Regional Avellaneda, Buenos Aires.

Coordinador de equipos de Acompañamiento Terapéutico

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